Escribir en tus ratos libres es una cosa. Sentarse a escribir una novela, todos los días, esté nublado o haga sol, te encuentres rebosante de energía o muerta de sueño, estén tus vecinos pasando el aspirador o celebrando una fiesta de cumpleaños, es otra muy distinta. La experiencia me encantó. Cada día que pasaba estaba más enganchada, hasta que llegó un momento en que no podía pasar sin ello. Si una mañana me surgían compromisos o recados que me impedían escribir, me ponía nerviosa, ansiosa. Hasta que terminé. Revisar el manuscrito completo, el primero, en bruto, me llevó más de una semana. Revisarlo por segunda vez, corrigiendo errores, suprimiendo paja, re-redactando, fue un infierno. Había disfrutado de cada palabra que mis dedos habían escrito. Odié cada minuto que empleé en revisar aquellos párrafos. ¡Nunca sabes cuándo parar! Podrías continuar revisando y corrigiendo toda la vida y nunca quedaría perfecto, siempre podría mejorarse un poco más.

 

En algún punto del camino, se me ocurrió que tal vez fuera posible ganarme la vida haciendo algo que, de hecho, me gustaba. Fue una revelación. Trabajar en algo que no me impidiera dormir por las noches de preocupación, que no requiriera al menos un minuto de ánimos a mí misma para lograr levantarte de la cama cada mañana. Pensé que merecía la pena intentarlo. Lo único que podría hacerme aún más feliz es saber que la gente realmente pasa un buen rato leyendo uno de mis libros. Habiendo sido una lectora empedernida, no puedo imaginar nada mejor que, en algún lugar, alguien dedique el poco tiempo que ha logrado arrancar al día a leer unas páginas de un libro con mi nombre en la portada.

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