El verano de los dieciocho años, justo antes de empezar la universidad, lo pasé en Burdeos, perfeccionando mi francés e introduciéndome, inesperadamente, en el mundo del vino. Tal y como me había ocurrido con la palabra escrita años atrás, un primer sorbo y fui suya de por vida. Recuerdo como si fuera ayer la tarde que pasé en mi primera sala de barricas, recorriendo sus húmedos pasillos flanqueados por las barricas apiladas en distintas alturas, las tonalidades de su madera variando según el grado de tostado de las mismas, todas ellas teñidas por el vino derramado durante algún trasvase o alguna cata pasada. Aquélla fue la primera vez que escuché a alguien describir el aroma del vino como crin de caballo o paja recién segada. Lo achaqué a mi imperfecto conocimiento del idioma y continué bebiendo y disfrutando.

 

Dos veranos más tarde, antes de escoger especialidad, me marché a Chicago, Illinois, para trabajar en prácticas en el Illinois Department of Nuclear Safety, el IDNS, en el departamento de Mitigation and Response. Me asignaron una mesa y un ordenador y me pagaron un dineral por pasarme los siguientes dos meses acompañando a unos y a otros, dando conferencias en hospitales y comprobando sus protocolos de seguridad, chequeando que los colegios y gimnasios que figuraban en nuestras listas de refugios de emergencia estuvieran en condiciones y su personal formado, visitando centros de control y emergencia, aprendiendo a utilizar teléfonos vía satélite y sonriendo en nuestro puesto de la State Fair de ese año. Por supuesto, me llevé tantas camisetas y tazas como regalé a nuestros visitantes. Incluso participé en un simulacro de accidente nuclear. Deberíais haber visto la caja de donuts que nos trajeron al puesto de control del departamento. ¡Realmente existen los rellenos de mermelada que salen en los Simpson! Claro que no debería extrañarme. Nos encontrábamos en Springfield, el de verdad, con cúpula azul bebé en la central nuclear y todo. Para la tranquilidad de todos vosotros os contaré que estuve visitándola y ninguno de los controladores que conocí se parecía a Homer, ni tan siquiera en la calva.

 

Al año siguiente me marché a Vancouver, Canadá, un lugar encantador con unos paisajes que te dejan sin habla y más chinos que en Hong Kong. Lamentablemente, no llegué a trabajar ni un solo día allí. A mi padre le habían diagnosticado un cáncer.

Actualidad

Página Web
Sin duda, mucha más información acerca de Marta Ciudad de la que buscabais...